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Since I found Serenity [Firefly] Mal/Inara

Después de mucho pensarlo y releerlo, de mucho acosar a la pobre earwen_neruda , aquí está un Mal/Inara con un poco de Serenity en general. Me da un poco de pánico meterme a escribir sobre esta serie y estos personajes, así que disculpas de antemano si hay algún OOC deslumbrante pero lo he hecho con todo el cariño del mundo. Va para todas las que se quedaron en ascuas con este pairing.

Titulo: Since I found Serenity
Fandom: Firefly
Pairing: Mal/Inara
Advertencias: Post-Serenity. Spoilers de la serie y la película
Summary: Inara siempre se ha afanado en que su relación con Mal sea estrictamente profesional, pero a él no le parece que haya nada estrictamente profesional en lo que están haciendo.

 

SINCE I FOUND SERENITY

 

No se acabó, ¿sabe? No puedo asegurar que no le perseguirán, el Parlamento. Su transmisión sobre Miranda debilitó su régimen. Pero no se han ido…y no son clementes.

Agente, Serenity.

 

Serenity, la veterana nave de carga, surca los cielos salpicados de estrellas como una gigantesca luciérnaga con un traje de metal, abollado y chirriante, pero resistente, dejando a su paso estelas doradas que se entrelazan como volutas de humo brillante. Ha sobrevivido a muchas cosas, pequeña e indefensa, entre ellas una guerra con naves de la Alianza y de los reavers. Ha perdido otras tantas, como cierto pastor que solía pasear por su interior, tocando sus paredes con sus sabias manos, transmitiéndole de algún modo una calmada paz; y sobre todo, sobre todo, un piloto excéntrico que jugaba con dinosaurios sobre los tableros de mando pero que la hacía volar como nadie, sentirse una luciérnaga de verdad. Sin embargo, Serenity despega de nuevo, porque siempre volará mientras haya un tripulante que la quiera pilotar, pero cuando acelera motor y se ilumina, enviando al vacío espacial un velo dorado que flota en el aire y se evapora lentamente, llora por Hoban Washburn, nombre de pila Wash.

Y no obstante, la vida sigue en un viaje sin final, en las siete personas que ella lleva en la tripa, como una madre orgullosa.

 

Mal deja la nave en piloto automático y bajo la vigilancia de River que, sentada como una niña en el asiento del copiloto, con las rodillas dobladas y un brazo rodeándolas, maneja Serenity con una sola mano como si llevara toda la vida haciéndolo. No le dice nada antes de salir de la cabina, River sólo le mira con esos ojos profundos y a veces perdidos y esboza una sonrisa casi infantil, a medias divertida como si estuviera diciéndole “Tranquilo, capitán, yo cuidaré de Serenity” y Mal, que después de soltarle un discurso sobre la regla número uno para pilotar, cree que ya ha hablado suficiente, asiente imperceptiblemente y se va. Por el camino ve a Zoe y a Jayne jugando a las cartas en el comedor. Jayne mordisquea un puro que probablemente nunca llegará a encender, contemplando sus cartas con concentración, como si el siguiente movimiento a realizar exigiera mucho meditar. Mal casi esboza una sonrisa renuente llena de cierto orgullo esquivo. Ese Jayne, mujeriego, codicioso y sin principios, el mismo que le plantó cara sólo unos días atrás y que no parece ser de fiar, el mismo que se enfrentó a los reavers arriesgando su vida para darle la oportunidad de que el mundo conociera la atrocidad que había cometido la Alianza. Zoe, frente a Jayne, le mira fijamente pero a Mal le da la impresión de que en realidad no le ve, perdida en sus propios pensamientos. Mal suspira bajito y aprieta los labios, antes de bajar la cabeza y marcharse del lugar. Lo suyo nunca han sido las charlas sentimentales y por otro lado sabe que Zoe no aceptaría ese tipo de atenciones de su capitán. Ellos se comunican de otra manera, usan un lenguaje diferente al universal. Señor o Capitán, puede significar mil cosas distintas cuando lo dice Zoe; Mal, cuando le pregunta por Serenity, cuando la interroga para saber si la nave está bien, en realidad está interesándose por ella. Es un acuerdo tácito, una especie de secreto de guerra, él y Zoe, sargento y segunda al mando, nunca han necesitado hablar en voz alta para decirse cosas.

Esa misma mañana Zoe le ha dicho que Serenity ha sufrido muchos daños, pero volará. Y Mal sabe que es verdad, que ella lo hará. Puede que chirrié un poco más al hacer un giro o que el motor ronroneé a menudo como si fuera a estallar, pero seguirá, siempre lista, siempre pronta para la batalla o para cubrirle las espaldas cuando sea necesario. No sonreirá apenas (nunca lo hizo mucho, pero Wash siempre sabía hacerlas sonreír, a sus dos esposas, Zoe y Serenity) y quizás esté más silenciosa que de costumbre, pero seguirá al pie del cañón y si tropieza, todos la ayudarán a ponerse en pie porque Serenity (Zoe) tiene una familia que nunca la va a abandonar. Ella lo sabe y si sigue volando, cabeza alta y hombros rectos, es por ellos.

Mal camina hasta la sala de motores sólo para asegurarse de que su nave está bien, pero Kaylee no se encuentra allí y cuando va a salir escucha la risa lejana de su mecánica y alguien, seguramente Simon, murmurando unas palabras que provocan más risillas. Mal niega con la cabeza, como un padre resignado que se lamenta inútilmente, y abandona de la sala porque si algo sabe sobre Kaylee es que le ponen los motores y no quisiera encontrarse con ella y Simon con los pantalones bajados (puede que el doctor y él se lleven mejor últimamente, pero aún no han llegado a ese punto en su relación). En realidad se alegra por ellos.

Zoe ha perdido a Wash pero Kaylee y Simon por fin se han encontrado, y se lo merecen. Vendrá bien, Serenity y todos sus tripulantes necesitan razones para alegrarse. Han sobrevivido pero han pagado un precio muy alto y ni siquiera saben si aún están a salvo.

Por su parte ha de reconocer, mientras sube por las escaleras para ir hasta el transbordador de Inara, que está de mejor humor del que cabría esperar. Bueno, han puesto rumbo a Teva para buscar algún trabajillo y después se acercarán a Sinnoh a dejar a Inara. No tiene ninguna prisa pero, a fin de cuentas, ella tampoco parece ansiosa por irse.

Llega al transbordador de la joven y encuentra la puerta abierta, lo cual toma como una invitación para entrar. Inara sabe que tiene serios problemas con eso de llamar a la puerta, así que si no estuviera de humor para visitas la hubiera cerrado. Sin embargo, Mal se detiene en el rellano al escuchar la voz de la acompañante ligeramente temblorosa (cosa que nunca habría creído posible. Inara puede hablar con tono calmo –lo más habitual –, nervioso o incluso molesto, pero nunca, nunca le tiembla la voz).  Le lleva unos segundos darse cuenta de que está hablando con alguien a través de la pantalla de videoconferencias. Silencioso, se asoma lo justo para poder verla.

Ella está sentada, con la espalda recta y las manos sobre el regazo, sin embargo algo en el arco de su cuello inclinado, dejando la cabeza ligeramente gacha, transmite una sensación de vulnerabilidad que abofetea a Mal en la cara. Frente a ella, en la pantalla, una mujer madura con gesto severo habla. Lleva los ojos negros delineados con una raya oscura que sube por el lagrimal externo y se enrosca hacia las sienes. No se puede ver de qué color tiene el cabello porque lo cubre un velo de un rosa intenso del que cuelgan monedas doradas, pero su piel es morena y su voz tiene un acento suave y seductor, como la de Inara, y sin embargo su tono es duro como la roca cuando habla.

—…fugitivos y criminales. Doy por supuesto que conocías sus identidades o cuando menos la naturaleza de sus actividades.

—Ellos no… —comienza Inara, pero la mujer al otro lado la interrumpe bruscamente haciendo que Mal se sienta molesto. Nadie debe interrumpir a Inara cuando habla.

Salvo él, claro.

—Desapareciste con ellos aún después de que llegaran los anuncios confidenciales de la Alianza en los que especificaban que estaban en búsqueda y captura. Por no hablar de que son peligrosos.

La mujer guarda silencio, esperando la respuesta de su interlocutora. Sin embargo, la expresión de su rostro deja claro que nada de lo que diga Inara la aplacará. Mal sabe que no debería estar presenciando esa conversación, sin embargo, no puede moverse. Quiere, necesita saber lo que Inara responderá.

—No son peligrosos, Madame Elara —dice al cabo, con voz queda.

—Eso no es lo que la Alianza dice —replica la mujer ásperamente —y en cualquier caso ahora su mala fama es más que un asunto confidencial. ¿Qué clientes respetables se interesarían en contratar a una acompañante que viaje con forajidos? Tu huída ha tenido repercusiones, Inara, al marcharte con el Capitán Reynolds te pusiste en el punto de mira de la Alianza. Es cierto que tú y los tripulantes de esa nave de criminales ya no parecéis ser de interés para el Parlamento, pero tu nombre ha quedado manchado, y en consecuencia, el de todo el gremio de Acompañantes.

A Mal le resulta irónico que esa tal Madame que adiestra a jóvenes para convertirse en prostitutas de lujo se sienta en posición de juzgar a Inara y echarle en cara que ha llevado la vergüenza sobre su gremio, teniendo en cuenta que es una maldita heroína que ha cruzado un mar de naves enemigas, ha viajado a un planeta devastado y se ha enfrentado a una treintena de reavers sólo para que el mundo conociera la verdad. En lugar de llenarla de  honores y medallas de oro, la consideran una especie de paria sólo porque el gobierno ha decidido que ellos no son gente respetable, (y bueno, puede que no lo sean del todo, pero al menos son honrados. A veces), y a Mal le parece más que nunca que el mundo está del revés.

Por un segundo, parece que Inara va a venirse abajo por el ligero temblor en sus hombros que Mal detecta, pero pronto se envara y alza el rostro con altivez, como hace cada vez que él le llama prostituta, y su voz suena decidida y controlada cuando habla.

—No me avergüenzo ni me arrepiento de mis actos, Madame —replica, y sin darle tiempo a responder, Inara apaga la pantalla dando por finalizada la conversación.

Permanece quieta y silenciosa unos instantes, y Mal se da cuenta de que debería dejarla sola, así que contiene la respiración y levanta un pie para recular, pero la voz de Inara le detiene.

—¿Qué capitán respetable escucha a escondidas conversaciones privadas de su pasaje?

Se gira en el asiento hacia él y enfrenta directamente su mirada. Su rostro se muestra calmado e incluso curva sus labios en una especie de sonrisa, como si allí no hubiera pasado nada, pero ni sus artes ni su entrenamiento pueden impedir que Mal lea en sus ojos que está cayéndose a pedazos por dentro. Él no lo entiende, de acuerdo, no entiende que alguien como ella pueda vivir de rentar su cuerpo y sus atenciones, no porque considere a las prostitutas basura, sino porque piensa que Inara vale mucho más que eso. Si las monarquías aún existieran, ella debería ser una princesa en un castillo de oro, con un vestido blanco y una corona de piedras preciosas ciñéndole los cabellos. Y sin embargo, se alquila a burgueses acomodados y permite que esa vieja bruja le hable como si fuera una maestra digna y decepcionada con una criatura que no da la talla. Al ver el dolor en los ojos de Inara, a Mal le dan ganas de desenfundar su revolver y pegarle un tiro a la pantalla para que no pueda hablar nunca más con esa arpía. Sin embargo bromea, porque esa es su manera de lidiar con las situaciones difíciles.

—Lo de capitán respetable sólo era una fachada para que me alquilaras el transbordador —dice, dando un par de pasos hasta entrar del todo en la habitación —Me han llamado muchas cosas en mi vida pero ¿respetable? Nunca.

Inara sonríe un poco más pero parece que hacerlo le duele y sus ojos se vuelven aún más oscuros y profundos, para tragarse todo lo que siente. Se pone en pie rápidamente, la tela brillante de su vestido azul deslizándose sobre el asiento y camina hacía el aparador que hay en un rincón, sobre el que reposa una tetera con un juego de tazas. Sirve té humeante en una de las tazas, sólo una, en un gesto de lo más corriente pero que en ella resulta fluido y lleno de gracia. Luego rodea la taza entre sus manos y la acerca a sus labios, pero no bebe, dejando que el vapor le acaricie el rostro.

No ha servido té para él y Mal sabe que esa es su manera educada (Inara siempre es educada, si puede evitar no serlo) de invitarle a irse y dejarla sola. El capitán parpadea indeciso y separa los labios como si quisiera decir algo, pero no se le ocurre el qué, así que afloja los hombros y sale del transbordador. Querría saber cómo se encuentra Inara, pero no puede hablar con ella como con Zoe. No hay lenguaje en clave con la acompañante, al menos ninguno que él domine y no puede arrancarle una sonrisa de verdad con sus bromas como sucede siempre con Kaylee.

En realidad, una parte de él siempre supo que acabarían trayéndole problemas a Inara. Es decir, raro era el encargo que acababan sin meterse en líos y llevar en la nave a dos de los fugitivos más buscados por el gobierno no es lo que se dice una garantía de tranquilidad. Quizás por eso, en parte por eso, no se atrevió a decirle nada cuando Inara le anunció que se marchaba de Serenity. Después de todo, ¿qué podía ofrecerle él? Ni riquezas, ni estabilidad, ni mucho menos seguridad. Estaría mejor en Sinnoh y si ella quería irse, aunque le doliera, no podía impedírselo.

No abiertamente, al menos. Su estrategia encubierta consistió básicamente en retrasar el viaje a Sinnoh todo lo posible cogiendo cualquier encargo que surgiera por el camino (incluso los más peligrosos) y estando de un humor de perros. Si Inara le acusaba de entorpecer su marcha, él ponía cara de inocencia y argumentaba algo sobre su deber como capitán de esa nave luciendo la típica pose de tipo duro (piernas separadas, manos cerrándose sobre la hebilla del cinturón, caderas proyectadas hacia delante. ¿Esa antigualla de Clint Eastwood? Una nenaza a su lado). La situación llegó a tal límite que hasta el pastor Book acabó hartándose de él y después de que finalmente llegaran a Sinnoh (a Mal, el universo nunca le había parecido tan pequeño como entonces), le dijo que era la hora de que también siguiera su propio camino.

Después de eso, el ambiente se enrareció demasiado en Serenity. Kaylee estaba enfadada con él ya que al parecer creía que debía haber hecho algo para impedir que Inara y Book se fueran, tal vez esposarles al motor o algo así. Por mucho que Mal intentó explicarle el concepto “pasajeros” que viene del latín “estar de paso”, Kaylee apenas le dirigió la palabra durante semanas. Zoe también estaba molesta, y aunque no se lo decía y se cuidaba de dejar que se le notara, Mal lo sabía. Sus Señor o Capitán nunca habían sonado tan secos como esos días.

River por su parte se dedicó a vagar por la nave con uno de los chales que Inara se había olvidado diciendo cosas como “Serenity ya no huele a incienso. Huele mal” hasta que Mal se hartó y se lo quitó. Jayne se quejaba a menudo de que nadie jugaba a las cartas tan bien como el pastor Book y si Mal se descuidaba, podía descubrir a Wash mirándole fijamente a menudo, lleno de compasión (probablemente hasta le hubiera dado una palmadita en la espalda, si se hubiera atrevido). En cuanto a Simon, ese aire de sabiondo con el que le irritaba de vez en cuando parecía haberse triplicado hasta el punto de que a veces soltaba algún “Hum” cuando se cruzaban por un pasillo. Una vez, Mal se no pudo soportarlo más y le preguntó si tenía algún problema a lo que Simon respondió, con esa fría ironía suya que encontraba tan molesta, “Ningún problema, Capitán”, lo que venía a ser un SÍ parpadeante con luces de neón.

Ahora todo eso había quedado atrás y aunque la carga era más ligera, se encuentra en una situación similar. Sin pastor y sin piloto, pero rumbo a Sinnoh otra vez.

Sin embargo, mientras le da vueltas a la conversación que acaba de escuchar en el transbordador de Inara, Malcom Reynolds no tiene ni idea de que el destino ha decidido echarle un cable en esa ocasión.

 

El té se enfría entre las manos de Inara antes de que ella le dé un pequeño sorbo de manera automática. La pantalla de su navegador parpadea, anunciándole que Madame Elara la está llamando.

Inara no va a contestar. Sabe lo que la Madame de Sinnoh le dirá, especialmente después de que le haya dejado con la palabra en la boca. La sermoneará severamente sin siquiera alzar la voz y finalmente le notificará que el Gremio de Acompañantes se desvincula de ella (una manera educada de decir que ha sido expulsada) por saltarse la segunda norma esencial de una Acompañante federada, que es el conducirse con decoro y dignidad, y a consecuencia de ello llevar la deshonra sobre la Casa de Sinnoh.

Eso significa que a todos los efectos, será simplemente una prostituta, como Nandi, a la que todo el gremio dará la espalda.

Sintiendo que la garganta se le cierra, Inara posa la taza sobre el aparador y respira hondo, tratando de serenarse. No es del tipo de persona que se salta las reglas, más bien es partidaria de seguirlas de una manera más flexible que sus compañeras. Así podía conciliar su conducta intachable con viajar con un grupo de personas difícilmente respetables. Así podía ejercer su oficio de manera independiente, y no bajo la sombra de la sede del gremio.

Sin embargo, si Madame Elara supiera que había hecho mucho más que saltarse la segunda regla, sino directamente la primera, ni se hubiera molestado en comunicarle su decisión de forma directa.

La primera norma de su oficio, lo que le grabaron a fuego en la memoria desde el momento en que vio a una acompañante, todo belleza y elegancia envuelta en telas doradas, era que no debía enamorarse.

Una acompañante no se enamora. Entrega su cuerpo y sus dones, entrega su tiempo y su compañía, pero nunca entrega su corazón. Hace realidad las fantasías de su cliente y le ama durante el tiempo que dure su contrato, pero con un tictac la ilusión se acaba y se recuperan las distancias.

Eso es lo primero que aprendió de su maestra y eso es lo que la llevó de vuelta a Sinnoh, cuando se dio cuenta de lo peligrosamente cerca que estaba de tirar por tierra lo que definía su existencia. Fue en Bordello, cuando vio a Mal, despeinado y con la camisa abierta, saliendo de la habitación de Nandi y tuvo que recurrir a todo su entrenamiento, su entereza y su valor, para no echarse a llorar allí mismo.

No era la primera vez que Mal la hacía llorar, en honor a la verdad, (la mayoría de las veces de pura rabia), pero era la primera vez que algo le dolía tanto. Lo cual era estúpido y eso se había repetido una y otra vez cuando se encerró en la primera habitación vacía que encontró y no pudo aguantarse más las lágrimas. Mal era un hombre libre y sano y Nandi era una mujer atractiva y apasionada. Se habían acostado y no había nada malo en ello, el sexo era algo natural. Además no podía ser algo duradero porque pronto abandonarían ese planeta.

Ella misma hacía su vida y tenía sus clientes, no podía exigirle nada a Mal. Y sin embargo, aunque no tuviera ningún sentido, se sintió más miserable y desdichada que nunca.

Ese fue el punto de inflexión, el momento en que se dio cuenta de lo peligrosamente cerca que estaba de enamorarse de Malcom Reynolds, bruto, cabezota y descarado capitán de Serenity, criminal para ganarse la vida, pero soldado de corazón. Fue cuando comprendió que debía poner planetas de por medio si no quería verse destruida por el camino, fue la segunda vez en su vida que Inara huyó.

(Primero de Sinnoh a Serenity, luego de Serenity a Sinnoh).

Y ahora está exactamente en la misma situación, salvo que en esta ocasión, no tiene ningún refugio al que escapar. Ya no es una acompañante.

Imagina que eso la exime de cumplir la primera regla. Inara sonríe amargamente para sí misma.

A buenas horas.

 

La cena de esa noche es silenciosa y tranquila. El asiento contiguo a Zoe está vacío y nadie bendice la mesa en voz baja. Aunque Inara ha venido a cenar al comedor en lugar de hacerlo en su transbordador, en cierto modo es como si no estuviera allí. Apenas participa en la escasa conversación y cada vez que alguien la nombra esboza una sonrisa automática y se disculpa argumentando que estaba distraída y no sabe de qué están hablando. Mal la observa desde la cabecera de la mesa sintiendo que pierde un poco el apetito (no hay problema, si deja algo en el plato se lo comerá Jayne). Los únicos que parecen animados son Simon y Kaylee, y River que les mira atentamente, sentada frente a ellos, y sonríe a veces, cuando ellos lo hacen. Zoe mastica lacónicamente cada bocado y Jayne, bueno, él sigue imperturbable, llenándose el plato una y otra vez.

Cuando casi no queda comida sobre la mesa, Inara se levanta delicadamente y mira a Mal cuando habla.

—Si me disculpáis, me retiro ahora. Tengo unos asuntos que atender.

Todos asienten (Mal decide que ya no quiere dar un bocado más) salvo Jayne que, cuando la ve salir por la puerta, grita.

—Eh, ¿no vas a comerte esto? —y señala el plato de Inara, casi cubierto por completo por el puré de patata sintética y carne seca.

Ella se vuelve un poco y sonríe de nuevo, esa sonrisa forzada que no le llega a los ojos y parece dolerle.

—Todo tuyo, Jayne —dice. Mira a Mal un instante, tan corto que él podría habérselo imaginado y se marcha, como una sombra azul.

Mal cree que le ha enviado un mensaje o algo así (sería mucho más fácil que le dijera directamente que quiere hablar con él pero, quién entiende a las mujeres) así que cuenta unos pocos segundos y se levanta él también.

—¿Tú también vas a dejar eso? —pregunta Jayne, su humor mejorando por momentos.

De pronto Mal siente que todos en la mesa le miran, como si sospecharan que va a irse detrás de Inara, así que se ve en la necesidad de decir algo.

—Sí. Bueno, ahora… yo… —carraspea y se yergue, como para reforzar su autoridad —me voy a hacer… cosas de capitán —finaliza, y lanza una mirada desafiante a su tripulación, como retándoles a que le digan algo.

Todos vuelven a lo suyo, así que Mal juzga que ya puede retirarse, caminando con pasos tranquilos y pesados, las manos en el cinturón, hasta salir del comedor.

El camino al transbordador de Inara se le hace más corto de lo que le gustaría y siente un ligero y ridículo apretón de nervios en el estomago. Molesto consigo mismo, entra en el transbordador sin llamar y encuentra a Inara sentada en un pequeño sofá gris que no pega en absoluto con su vestido azul. El lugar permanece impersonal y tan diferente de cuando Inara estaba en él de forma permanente que a Mal le resulta extraño, casi hostil.

Ella le sonríe levemente, como si le estuviera esperando.

—Siéntate —le invita, y da una pequeña palmada al espacio libre en su sofá gris.

Mal traga en grueso, da un par de pasos toscos y se deja caer en el sofá, como si estuviera de lo más tranquilo. Siente el ambiente tan pesado, se siente tan rodeado del olor de Inara, (incienso, esencias y un perfume delicado y sutil) que se palmea una rodilla sólo para comprobar que aún puede moverse.

—¿Y bien? —dice al fin, viendo que Inara no se decide a pronunciar palabra.

—Tenemos que hablar de negocios, Capitán —anuncia ella al cabo. Parece serena, sin embargo hay algo en su expresión que le hace pensar que toda esa tranquilidad es sólo simulada.

—Soy todo oídos —Mal se lleva una mano al pecho con solemnidad. Le apetece hacer un poco el payaso, para relajar el ambiente y quizás, la tensión en el cuello de Inara.

Ella se queda callada, como si hubiera esperado más rodeos antes de ir al grano. Mira a Mal y su falsa calma se le escurre entre los pliegues de la túnica. Se yergue, muy tensa, y murmura:

—Mi situación ha cambiado. Ya no es necesario ir a Sinnoh.

—¿Ah, no? —de pronto Mal se siente de lo más relajado y satisfecho, pero intenta disimularlo —¿Y eso?

Inara entrelaza los dedos en un gesto que, si Mal no la conociera, hubiera interpretado como una muestra de ansiedad. Toma aire y le mira directamente a la cara por primera vez desde que ha entrado en el transbordador, y Mal piensa vagamente que tiene los ojos más oscuros y bonitos que ha visto en su vida. Sacude la cabeza para centrarse y entonces ella habla.

—Ya no seré acompañante nunca más.



Parte II.

Tags: fandom: firefly, het, pairing: mal/inara
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